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Esperando el milagro de la recuperación


Pedro Montes* - 24/06/2009

 

Sin llegar a la exageración del presidente Zapatero, para quien lo peor de la crisis ha pasado ya y pronostica  que en el año 2011 la economía española presentará tasas de crecimiento positivas, se acepta generalmente que la recuperación será inexorablemente la siguiente etapa de la economía española. Interpretándose de un modo mecánico los ciclos económicos, como si se tratase de los movimientos planetarios, se llega a la conclusión de que después del invierno llegará la primavera. Lo que más se discute es cuándo se iniciará la próxima recuperación sin dudar de ella y, por consiguiente,  que si la recesión tendrá forma de V o forma de U,  más o menos achatada, sin que la temida L se contemple salvo en autores muy aislados. Por cierto, que va a acabar siendo verdad la afirmación inicial de Zapatero de que no había crisis económica: si hace un año no existía, ya ha pasado lo peor y sólo queda esperar la recuperación, realmente unos cuantos malos trimestres no constituyen una crisis económica, menos aún una crisis de la envergadura con que se ha venido adjetivando ésta.

 

Pero si nos dejamos de ingenuidades y nos sentimos libres de tener que hacer propaganda, es necesario admitir que los procesos económicos, los ciclos económicos en este caso, tienen su lógica interna, están regidos por relaciones de causalidad, y de ahí que haya teorías para explicarlos. Desde las más sencillas, basadas estrictamente en factores económicos, pasando por otras aderezadas de elementos más sutiles como las expectativas o los estados de ánimo empresariales, hasta las más complejas e ideológicas que formulan algunos pensadores marxistas. Tienen que darse circunstancias, tienen que existir un conjunto de fundamentos para explicar por qué la recesión actual dará paso a una recuperación. Y esto en lo referente a nuestro país no se hace, recurriéndose al vaticinio fácil de que cuando pase el verano llegará el otoño con sus lluvias y la caída de las hojas de los árboles.

 

Acaba de publicar el Banco de España las cuentas financieras de la economía española en el año 2008. En el sector “resto del mundo”,  puede observarse  que los pasivos financieros brutos de la economía española frente al exterior, el monto de las deudas a las que debe responder,  se elevan a 2,2 billones de euros en 2008, esto es,  un poco mas del doble del PIB (los pasivos netos, es decir,  descontando los activos españoles en el exterior se elevan a  827.000 millones de euros).   En el año 2003,  los  pasivos brutos eran de 1,1 billones, de modo que en un lustro se han duplicado, reflejo de la participación del país en la euforia financiera pasada y del enorme déficit de la balanza de pagos que sufre, el cual  en términos absolutos es el segundo mayor del mundo, con gran diferencia sobre los demás, después del de Estados Unidos,  y  en términos relativos representó el 9,5 ciento del PIB en el 2008.  De los mencionados 2,2 billones de pasivos financieros,  1,2 son de las instituciones financieras, posición que arroja bastante luz sobre su comportamiento y las restricciones del crédito. La mayor preocupación de la banca en estos momentos es poder hacer frente a sus pasivos y evitar cualquier sospecha sobre su solvencia.

 

Estos datos, al margen de cualquier contexto,  son escalofriantes y, en el marco de la actual crisis financiera internacional,  ponen al país al borde de la bancarrota. Con independencia de los peligros que acechan  al sistema financiero internacional, enormes como es sabido, la crisis ya ha significado una pérdida de la confianza de todos sobre todos, ha obturado los canales de financiación y paralizado los mercados, y ha levantado sospechas fundadas sobre la sostenibilidad financiera de muchas instituciones e,  incluso,  de algunos países. Estas condiciones de anormalidad  tardarán en el mejor de los casos mucho tiempo en desaparecer, en tanto que la economía española se encuentra endeudada hasta extremos inquietantes, atrapada en una ciénaga financiera de la que no es posible salir.

 

Nuestro país estará en el ojo del huracán en los próximos tiempos,  cualquiera que sea la evolución de los acontecimientos económicos y financieros fuera de sus fronteras. De hecho, ya se pagan primas de riesgo en los mercados internacionales, las calificaciones de las agencias rebajan la solvencia de las instituciones españolas, y con frecuencia creciente se leen informaciones sobre que, nada menos, nuestro país tendrá que abandonar el  euro. Hacer frente a los pagos de la deuda exterior y refinanciarla será una tarea complicada, que dejará escasos recursos para el crédito interno, cuya normalización es imposible que pueda producirse. Mientras, continuará la destrucción de tejido productivo y el crecimiento del paro, agravándose el clima económico  y complicándose el futuro: demoler es más rápido y sencillo que construir.

 

Todo lo anterior, está dicho además sin cargar las tintas. Sin tener en cuenta en el terreno de las finanzas la degradación del balance del sistema financiero debido al disparatado volumen de  hipotecas concedidas a compradores y promotores –la morosidad crece como una hidra- y a la desvalorización general de los activos; sin considerar  que la balanza de pagos sigue arrojando un gran déficit a pesar del hundimiento de la economía, que añade presión a las necesidades de financiación exterior; sin tener en cuenta, en fin, que la presión sobre el gasto público aprieta en todos sus componentes y que el déficit público se ha disparado a niveles insólitos, cuya financiación también obliga al Estado a competir en los mercados internos e internacionales.  

 

Fuera de la fe, que tan importante dicen que es para todo, no se acaban de ver las razones por las que cabe esperar una recuperación de la economía, no ya de modo poco menos que inmediato como sostiene el jefe del Gobierno, sino en un plazo suficiente antes de que la crisis económica desencadene movimientos políticos y sociales  de consecuencias harto difíciles de predecir.  Tanto como se ha hablado con ligereza de milagros económicos en el pasado, será necesario que se produzca alguno para evitar una  catástrofe. 

 

*Pedro Montes es economista.


Pedro Montes. (Economista)

 Sin llegar a a la exageración del presidente Zapatero,
para quien lo peor de la crisis ha pasado ya y pronostica  que en el
año 2011 la economía española presentará tasas de crecimiento
positivas, se acepta generalmente que la recuperación será
inexorablemente la siguiente etapa de la economía española.
Interpretándose de un modo mecánico los ciclos económicos, como si se
tratase de los movimientos planetarios, se llega a la conclusión de que
después del invierno llegará la primavera. Lo que más se discute es
cuándo se iniciará la próxima recuperación sin dudar de ella y, por
consiguiente,  que si la recesión tendrá forma de V o forma de U,  más
o menos achatada, sin que la temida L
se contemple salvo en autores muy aislados. Por cierto, que va a acabar
siendo verdad la afirmación inicial de Zapatero de que no había crisis
económica: si hace un año no existía, ya ha pasado lo peor y sólo queda
esperar la recuperación, realmente unos cuantos malos trimestres no
constituyen una crisis económica, menos aún una crisis de la
envergadura con que se ha venido adjetivando ésta.

 

Pero
si nos dejamos de ingenuidades y nos sentimos libres de tener que hacer
propaganda, es necesario admitir que los procesos económicos, los
ciclos económicos en este caso, tienen su lógica interna, están regidos
por relaciones de causalidad, y de ahí que haya teorías para
explicarlos. Desde las más sencillas, basadas estrictamente en factores
económicos, pasando por otras aderezadas de elementos más sutiles como
las expectativas o los estados de ánimo empresariales, hasta las más
complejas e ideológicas que formulan algunos pensadores marxistas.
Tienen que darse circunstancias, tienen que existir un conjunto de
fundamentos para explicar por qué la recesión actual dará paso a una
recuperación. Y esto en lo referente a nuestro país no se hace,
recurriéndose al vaticinio fácil de que cuando pase el verano llegará
el otoño con sus lluvias y la caída de las hojas de los árboles.

 

Acaba
de publicar el Banco de España las cuentas financieras de la economía
española en el año 2008. En el sector “resto del mundo”,  puede
observarse  que los pasivos financieros brutos de la economía española
frente al exterior, el monto de las deudas a las que debe responder, 
se elevan a 2,2 billones de euros en 2008, esto es,  un poco mas del
doble del PIB (los pasivos netos, es decir,  descontando los activos
españoles en el exterior se elevan a  827.000 millones de euros).   En
el año 2003,  los  pasivos brutos eran de 1,1 billones, de modo que en
un lustro se han duplicado, reflejo de la participación del país en la
euforia financiera pasada y del enorme déficit de la balanza de pagos
que sufre, el cual  en términos absolutos es el segundo mayor del
mundo, con gran diferencia sobre los demás, después del de Estados
Unidos,  y  en términos relativos representó el 9,5 ciento del PIB en
el 2008.  De los mencionados 2,2 billones de pasivos financieros,  1,2
son de las instituciones financieras, posición que arroja bastante luz
sobre su comportamiento y las restricciones del crédito. La mayor
preocupación de la banca en estos momentos es poder hacer frente a sus
pasivos y evitar cualquier sospecha sobre su solvencia.

 

Estos
datos, al margen de cualquier contexto,  son escalofriantes y, en el
marco de la actual crisis financiera internacional,  ponen al país al
borde de la bancarrota. Con independencia de los peligros que acechan 
al sistema financiero internacional, enormes como es sabido, la crisis
ya ha significado una pérdida de la confianza de todos sobre todos, ha
obturado los canales de financiación y paralizado los mercados, y ha
levantado sospechas fundadas sobre la sostenibilidad financiera de
muchas instituciones e,  incluso,  de algunos países. Estas condiciones
de anormalidad  tardarán en el mejor de los casos mucho tiempo en
desaparecer, en tanto que la economía española se encuentra endeudada
hasta extremos inquietantes, atrapada en una ciénaga financiera de la
que no es posible salir.

 

Nuestro
país estará en el ojo del huracán en los próximos tiempos,  cualquiera
que sea la evolución de los acontecimientos económicos y financieros
fuera de sus fronteras. De hecho, ya se pagan primas de riesgo en los
mercados internacionales, las calificaciones de las agencias rebajan la
solvencia de las instituciones españolas, y con frecuencia creciente se
leen informaciones sobre que, nada menos, nuestro país tendrá que
abandonar el  euro. Hacer frente a los pagos de la deuda exterior y
refinanciarla será una tarea complicada, que dejará escasos recursos
para el crédito interno, cuya normalización es imposible que pueda
producirse. Mientras, continuará la destrucción de tejido productivo y
el crecimiento del paro, agravándose el clima económico  y
complicándose el futuro: demoler es más rápido y sencillo que
construir.

 

Todo
lo anterior, está dicho además sin cargar las tintas. Sin tener en
cuenta en el terreno de las finanzas la degradación del balance del
sistema financiero debido al disparatado volumen de  hipotecas
concedidas a compradores y promotores –la morosidad crece como una
hidra- y a la desvalorización general de los activos; sin considerar
 que la balanza de pagos sigue arrojando un gran déficit a pesar del
hundimiento de la economía, que añade presión a las necesidades de
financiación exterior; sin tener en cuenta, en fin, que la presión
sobre el gasto público aprieta en todos sus componentes y que el
déficit público se ha disparado a niveles insólitos, cuya financiación
también obliga al Estado a competir en los mercados internos e
internacionales.  

 

Fuera
de la fe, que tan importante dicen que es para todo, no se acaban de
ver las razones por las que cabe esperar una recuperación de la
economía, no ya de modo poco menos que inmediato como sostiene el jefe
del Gobierno, sino en un plazo suficiente antes de que la crisis
económica desencadene movimientos políticos y sociales  de
consecuencias harto difíciles de predecir.  Tanto como se ha hablado
con ligereza de milagros económicos en el pasado, será necesario que se
produzca alguno para evitar una  catástrofe. 

 

*Pedro Montes es economista.